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Erwin Schrödinger, premio Nobel de Física en 1933 por el desarrollo de la ecuación que lleva su nombre y que proporciona una de las dos interpretaciones de los fenómenos cuánticos, fue también un personaje singular y destacado en una época, la primera mitad del siglo XX, repleta de físicos eminentes y peculiares. La revista italiana Panorama definió esa singularidad con envidiable brevedad en el titular de un artículo conmemorativo del centenario del científico, allá por 1987: “Gran físico aquel poeta”.Difícilmente se puede mejorar la economía de palabras para expresar que Schrödinger fue mucho más que un talento de la ciencia y que interpretaba ésta como una expresión estética de la naturaleza. Para los que han intentado alguna vez entender la mecánica cuántica y sus paradojas, su nombre está ligado al nombre de un experimento mental, el del “gato de Schrödinger”, con el que él y Einstein intentaban poner a prueba algunos aspectos de la cuántica con los que no estaban de acuerdo. Pero su curiosidad intelectual fue mucho más allá de la cuántica, e incluso de la física, y también es recordado por un pequeño libro en el que hacía una incursión en terreno ajeno y que se titulaba ¿Qué es la vida?. Sutil y certera, esta obra no daba respuestas pero apuntaba perspectivas inéditas para los biólogos, que se vieron estimulados por las ideas de Schrödinger, convirtiendo el librito en un clásico de la literatura científica. La pregunta sigue, no es necesario subrayarlo, sin contestación. Esa expresión de la naturaleza tan radicalmente diferente de la materia inerte, de la que formamos parte y de la que solo tenemos constancia de su existencia en este minúsculo rincón del universo que es la Tierra, sigue siendo inefable, inasible, inexplicable. Entre las aproximaciones más sugerentes y atractivas que se han publicado para intentar mostrar toda la profundidad de la pregunta y los ejemplos que la naturaleza nos ofrece para ir deslindando la definición del término se encuentra un libro con el mismo título, ¿Qué es la vida? y escrito por Lynn Margulis y su hijo Dorion Sagan (publicado en España por Tusquets en 1996 y reimpreso en 2005). La obra refleja buena parte de la dedicación científica de su autora, que ha participado decisivamente en la investigación de la evolución temprana de la vida en el planeta. Lynn Margulis figura ya con letras de oro en el frontispicio de la biología mundial por sus muchas aportaciones, pero esencialmente por haber propuesto una idea controvertida que hoy es ya paradigma aceptado: que las células eucariotas, con las que están hechos hongos, plantas y animales proceden de la fusión de células procariotas, es decir bacterianas, radicalmente más simples, carentes de núcleo y de muchos otros orgánulos. Para el evolucionismo el salto de unas células a otras era un misterio insondable, pues no hay vestigios de un lento proceso de pasos intermedios que vayan de una a otra. Hoy, el misterio se considera resuelto gracias al trabajo de Margulis. Este será el tema de la conferencia inaugural del ciclo de divulgación 2008 de Caja de Burgos, que será impartida por la propia autora en español y que tendrá lugar el jueves 30 de octubre. Un vistazo complementario será el que nos proporcionará una semana después, el 6 de noviembre, Gabriel Gutiérrez Alonso, profesor de Geología Estructural y Tectónica de la Universidad de Salamanca. La geología no ha sido una disciplina muy presente en el ciclo y hora es de enmendar la carencia. Y lo haremos con un tema sumamente atractivo, el de recorrer la historia de nuestro planeta, de su interior y de su superficie. Viajaremos con los continentes en su eterno y singular movimiento, lento pero sostenido durante millones de años hasta hacer que la faz de la Tierra cambie de una a otra era. Conoceremos también el motor de la deriva continental y las consecuencias insospechadas que se producen por ese vagabundeo. En el ámbito de la salud, este año nos adentraremos en el misterioso mundo de las migrañas, esa enfermedad cíclica y dolorosa que aqueja a un 2 por 100 de la población y que hasta hace pocos años no se disponía de remedios. La investigación básica ha permitido ir desentrañando algunas de sus claves y desarrollar fármacos preventivos. Entre otras cosas, los científicos han descubierto que está ligada a una onda cerebral que también se activa cuando el cerebro sufre un ictus, lo que antaño se denominaba un derrame cerebral, y otros accidentes cerebrovasculares. Óscar Herreras, neurobiólogo e investigador del Instituto Cajal, trabaja en este campo y nos permitirá conocer el estado actual de la cuestión durante la conferencia que impartirá el jueves 13 de noviembre. Para cerrar el presente ciclo contaremos con uno de los científicos españoles más reconocidos en todo el mundo dentro de su ámbito, el de la química. Luis Oro, catedrático de la Universidad de Zaragoza y director del Instituto Universitario de Catálisis Homogénea, ha publicado más de 500 artículos científicos y se encuentra entre los 250 químicos más citados del mundo. Su intervención pretende mostrar uno de los aspectos menos conocidos y de mayor actualidad dentro de su campo, la investigación dirigida a compaginar la química con las demandas de protección ambiental que la sociedad exige cada vez con mayor empeño. La química ha sido la clave del desarrollo económico y el bienestar inherente a él producidos durante los siglos XIX y XX en aspectos que incluyen la higiene, los medicamentos, la alimentación, la energía, los materiales, el transporte, la ropa… pero también ha contribuido al deterioro del medio ambiente. El reto que afronta ahora es seguir progresando de forma que se reduzcan sustancialmente las emisiones contaminantes, se realice un consumo sostenible de los recursos naturales, se optimice el gasto energético y se genere la menor cantidad posible de residuos y su reciclado. Productos y procesos están hoy bajo el punto de mira de la química sostenible, también llamada química verde. De todo ello nos hablará Luis Oro el 20 de noviembre en la charla de clausura. Creemos haber conseguido una vez más un programa interesante y atractivo, capaz de movilizar a ese público burgalés que año tras año nos premia con su asistencia a las conferencias y a las demás actividades incluidas en el ciclo, e incluso a conseguir que muchos otros se acerquen por primera vez a escuchar a los científicos participantes. Y pensamos también corresponder así con el loable propósito que anima a Caja de Burgos al incluir un año más, y van 18, la divulgación científica dentro del programa de actividades de su Obra Social y Cultural. En esta capital castellana se cumple ese objetivo y empeño que tantos compartimos de reconciliar la ciencia con la cultura a la que pertenece. Ignacio Fernández Bayo |
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