La historia de Darwin no es una excepción. Los ejemplos de desidia por dar a conocer ideas o descubrimientos importantes incluyen el modelo heliocéntrico de Copérnico, cuyo De revolutionibus orbium coelestium, fue publicado a su muerte, en 1543, pese a haber sido escrito entre 1507 y 1532. Y también a la que quizás sea la obra más importante de la literatura científica de todos los tiempos, los Principia Mathematica de Isaac Newton, que esperaron en un cajón a ser publicados durante un cuarto de siglo, hasta que Edmund Halley le alertó de que un alemán llamado Gottfried Leibniz había desarrollado por su cuenta el cálculo que actualmente se reconoce a ambos. Cabría decir que sin comunicación no hay ciencia, al menos la comunicación entre los propios científicos. Y bien debía saberlo el otro protagonista de las conmemoraciones científicas de este 2009, Galileo Galilei, que no se recató en anunciar a los cuatro vientos sus descubrimientos. En 1609, cuatro siglos atrás, apuntó un telescopio al cielo por primera vez en la historia, y fue capaz de percibir detalles celestes sorprendentes, que daban al traste con las ideas preconcebidas de los astrónomos precedentes: la Luna tenía montañas, Júpiter satélites, La Vía Láctea era un ramillete inconmensurable de estrellas, Venus mostraba fases (como las del ciclo lunar) que indicaban que daba vueltas en torno al Sol y nuestra propia estrellas mostraba manchas oscuras. Apenas un año después ya circulaba por toda Europa su Sidereus Nuncius (el mensajero sideral), la obra en la que describía sus descubrimientos y que fue todo un éxito editorial de la época. Aunque su afán de difundir y la consiguiente popularidad que le reportó pudieron haber influido en los problemas que arrostró ante la Inquisición, su actitud es digna de elogio y afín a la de la ciencia actual. Y es que en el siglo XVII los científicos se comunicaban entre sí mediante correo postal o visitas personales. En 1661 se creó la Royal Society británica, en cuya sede se reunía cada semana lo más granado de la intelectualidad para escuchar los resultados más novedosos de la investigación. Pronto se pensó en plasmar aquellas comunicaciones por escrito y se creó lo que se denominaría Correspondence y más tarde Philosophical Transactions, que puede considerarse el germen de las revistas científicas. Hoy la comunicación científica incluye miles de revistas especializadas y se ha abierto a un espacio más amplio al haberse generalizado la divulgación científica dirigida al gran público, un empeño en el que Caja de Burgos es pionera, dentro de las instituciones españolas. Muestra de esa inquietud es que haya ampliado sus actividades en este campo con la creación del ciclo de conferencias de divulgación que se inaugura este año en Palencia, con vocación de permitir a sus ciudadanos aproximarse a la ciencia a través de sus protagonistas, los propios investigadores. Confiamos en que los temas a tratar y la calidad de los conferenciantes nos permitan arrancar este naciente ciclo con una alta participación del público palentino y nos sirva de estímulo para preparar las futuras ediciones. Y deseo expresar mi gratitud a Caja de Burgos por su perseverante apoyo a la difusión de la ciencia en nuestro país. Ignacio Fernández Bayo, |
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